Lo primero que todos notan es el perro. Cada vez que camino por mi barriada del alto Manhattan, todas las miradas van hacia Martes. Unos pocos dudan, cautelosos de un perro tan grande ?Martes pesa ochenta libras, mucho para las normas de Nueva York?, pero pronto hasta los cautelosos sonrien. Martes tiene algo en la forma en que se presenta que hace que todos se sientan comodos ante el. Sin darse cuenta, los obreros de la construccion que beben cafe durante su descanso le gritan, y las chicas lindas preguntan si pueden acariciarlo. Hasta los ninos pequenos se quedan asombrados. ?Mira ese perro, Mami”, les oigo decir al pasar. ?Que perro tan bello”.
No importa cuanto lo admiren, jamas podran saber lo que el significa para mi. Porque Martes no es un perro como los demas. Camina justo a mi lado, por ejemplo, o exactamente dos pasos al frente, segun como se sienta. Me guia al bajar las escaleras. Esta entrenado para responder a mas de 150 ordenes y a darse cuenta de cuando cambia mi respiracion o se me agita el pulso, de manera que pueda empujarme con la cabeza hasta que yo me haya desembarazado de los recuerdos y este de vuelta en el presente. El es mi barrera ante las multitudes, mi distraccion de la ansiedad y mi ayudante en las tareas cotidianas. Hasta su belleza es una manera de proteccion, porque llama la atencion y hace que la gente se sienta a gusto. Por eso es que fue criado para que luciera tan guapo: no por vanidad, sino para que la gente lo notara a el y, ojala, el chaleco rojo con la cruz blanca medica que lleva a la espalda. Porque ese hermoso Martes, despreocupadamente alegre y favorito de los vecinos, no es mi mascota; es un perro de servicio entrenado para ayudar a los minusvalidos.