Fragmento de la obra:
Adentro del recinto de Ignacio Juana y Manuela discut燰n acaloradamente, Chona las jal?por los brazos, atray幯dolashacia ella y las abraz?fuerte, fuerte.
- Respiren profundo, y piensen en Mamarita. No podemos fallarle ahora.
Las tres respiraron despacio y profundo, con ojos cerrados.
Sin soltar, Chona dijo:
- Manuela, pregunta a La Santa qu?tica quiere.
Manuela asinti?y volte?a ver.
Ahog?una exclamaci鏮 de estupefacci鏮 y grit? con ojos desorbitados:
- Esta ya vestida! Completa! Est?posando! Es perfecta! R嫚ido! R嫚ido! La tica azul marino de terciopelo, con pintitas doradas... la capucha plegada sobre la espalda.... con cabello cayendo sobre los hombros y el pecho... corona de tres puntas bajas dorada, los anillos de perlas y zafiros en los dedos de la mano derecha.... Ahhh... La guada鎙 tambi幯 va en la mano derecha, el brazo derecho.... Semi-doblado hacia el frente! Ah... La guada鎙 va ligeramente inclinada hacia adelante... oooh, es Magn璗ica! Magn璗ica! - Dijo finalmente, llorando.
Juana y Chona se coordinaron de inmediato y entre las dos hicieron todo lo que Manuela indicaba, sin chistar, ni cuestionar.
Manuela se les uni?un momento despu廥, sacando cosas de bolsas, neceseres y cajas de cart鏮.
Afortunadamente las chicas llevaban de todo.
El tr甐 r嫚idamente se afin? como piano de caoba en bar de lujo, y trabajaron juntas en la creaci鏮 de una formidable obra maestra.
Veinte minutos m嫳 tarde Ignacio estaba listo.
Manuela miraba a una y a otra Santa Muerte y sub燰 o bajaba ligeramente la mano de Ignacio, o reposicionaba la guada鎙 en su mano.
Y las tres quedaron boqui-abiertas y oji-cuadradas con el resultado final.
El bello esqueleto de Ignacio ahora era veinte veces m嫳 bello e imponente, vestido as?
Su abundante cabellera ten燰 vida propia, ca燰 como cascada ondulante de agua sobre sus hombros y pecho.
Mas otra cascada fluyendo libremente sobre su larga espalda.
Las puntas del cabello casta隳 rojizo se anillaron caprichosamente, muy por debajo de su cadera.
Ese esqueleto era verdaderamente imponente, enrome, hermoso; no hab燰 duda de qui幯 mandaba ah?
No hab燰 duda a qui幯 deb燰 respet嫫sele, tem廨sele, am嫫sele, reaz嫫sele, y ador嫫sele; de hoy en adelante.
Y en unos minutos m嫳, tampoco habr燰 duda ya sobre la verdadera representaci鏮 de La Santa Muerte en M憖ico.
Las tres hermanas llamaron a Rosa y Pascual a venir de este lado de la cortina; ambos quedaron verdaderamente impresionados con el nuevo look de Ignacio.
Estaba completamente irreconocible.
Pero definitivamente era 幨.
A Rosa se le doblaron las rodillas, pero Pascual la sujet?y la amaciz?de nuevo en el piso.
Ambos estaban anonadados con lo que ve燰n en ese momento, pero lo aceptaron como su nueva realidad familiar.
El temor de ambos -al no ser creyentes, ni tener una idea clara de lo que las chicas quer燰n hacer- se disolvi? al ver que Ignacio luc燰 gallardo e imponente.
Ten燰 mucha dignidad y sobriedad.
Luc燰 como un rey, listo para reclamar su trono.
Ignacio estaba verdaderamente listo para iniciar un reinado de paz, de armon燰 y justicia para todos por igual.
No habr燰 nunca distinci鏮 alguna entre ricos y pobres.
Ni altos o chaparros.
- Y? - Dijo una nerviosa Chona.
Pascual asinti?y dijo con l墔rimas en los ojos: - Pr璯cipe de Pr璯cipes fue siempre mi hijo. Ahora est?convertido en Rey de Reyes. Gracias.